El Mustang negro rugía por las calles desiertas de la zona industrial, alejándose de la casa de Cassy. Draven conducía con una sola mano, mientras con la otra se tocaba la herida del labio, ahora seca. Una chispa de satisfacción todavía ardía en su pecho. Le gustaba cómo ella temblaba en el balcón, cómo su piel morena se erizaba ante su sola presencia. Era inocente, una criatura de luz que no tenía idea del monstruo que la acechaba, y esa pureza era precisamente lo que lo incitaba a corromperla