La luz grisácea del amanecer apenas se filtraba entre las cortinas cuando Cassy abrió los ojos. Lo primero que sintió fue un frío inmenso en la cama, un vacío que le heló la sangre antes de siquiera girarse. Al levantar la mirada, lo vio: Draven no había pegado ojo en toda la noche. Estaba sentado en el borde del sillón, rígido como una estatua de piedra, con la espalda recta y la mirada perdida en la oscuridad que aún reinaba en un rincón de la habitación. Sus manos, grandes y fuertes, jugaban