Capitulo 3

La tarde se había vuelto más suave, el sol bajaba poco a poco tiñendo las calles de tonos dorados y naranjas, y el aire traía el olor a pan recién hecho, café caliente y el bullicio tranquilo de la gente que caminaba por las aceras. La cafetería a la que las llevó Sandra era tal como lo había descrito: espaciosa, con grandes ventanales que daban a la calle, mesas de madera clara, luces cálidas que colgaban del techo y un ambiente agradable que invitaba a quedarse allí horas y horas. Había estudiantes, personas mayores, amigos que se reunían a charlar, parejas que hablaban en voz baja… todo parecía normal, tranquilo, uno de esos lugares donde nada malo podría pasar nunca.

O eso pensaba Cassy.

Entraron riendo y hablando, y ella iba detrás de sus amigas, mirando todo con curiosidad, sus ojos oscuros brillando detrás de los lentes, sus rizos oscuros moviéndose con cada paso que daba, su piel morena tomando ese tono cálido y suave que le daba la luz del lugar. Iba tan entretenida mirando las estanterías llenas de libros, las fotos colgadas en las paredes y los carteles que anunciaban eventos, que no prestó atención por dónde caminaba, y de golpe chocó de lleno contra algo duro, firme y sólido, como chocar contra una pared hecha de piedra.

—¡Ay! —se le escapó un grito suave, y el impulso del choque la hizo dar un paso hacia atrás, perdiendo el equilibrio por un instante.

Antes de que pudiera recuperarse, sintió cómo sus lentes se le deslizaban por la nariz y caían al suelo con un ruido seco y suave. De inmediato el mundo se volvió borroso, difuso, todo se veía como una mancha de colores y luces, y ella se quedó allí parada, avergonzada y apurada, llevándose una mano a la cara mientras sentía cómo las mejillas se le calentaban de la vergüenza.

—¡Perdóneme, por favor! —empezó a decir con prisa y voz temblorosa, agachándose casi al mismo tiempo para buscarlos—. Soy muy torpe, no miraba por dónde iba, le pido mil disculpas, de verdad que no lo hice con mala intención…

Seguía hablando y disculpándose, sin levantar la vista, sin saber con quién había chocado, convencida de que era cualquier cliente, cualquier persona que pasaba por allí, alguien a quien había molestado o hecho enfadar con su falta de cuidado. Estaba tan concentrada en sus palabras y en sus pensamientos que no notó que la otra persona no se había movido, no había dicho nada, no se había quejado ni había mostrado señal alguna de enfado. Solo estaba allí, quieto, mirándola.

De repente, una mano apareció delante de sus ojos, alargando hacia ella sus lentes, que estaban limpios, sin ningún rasguño, como si nada hubiera pasado. La mano era grande, de dedos largos, piel pálida y venas marcadas, con esa fuerza y esa dureza que se notaba solo con verla. Cassy levantó la vista para dar las gracias y su voz se le quedó atascada en la garganta, como si alguien le hubiera apretado el cuello con suavidad pero sin dejarla respirar.

Allí estaba él.

Draven.

Estaba tan cerca que ella podía sentir el calor que salía de su cuerpo, podía oler su aroma: una mezcla extraña y fuerte de tabaco, cuero, algo dulce y a la vez amargo, algo que no podía describir pero que se le quedó grabado en la nariz y en la memoria desde ese mismo instante. Estaba de pie, alto, imponente, vestido con la misma ropa oscura que solía usar, y la miraba con esa expresión suya, tranquila, fría, sin emoción aparente… salvo por sus ojos, esos ojos oscuros y profundos que la miraban como si la estuvieran desnudando por dentro, como si pudiera ver todo lo que sentía, todo lo que pensaba, incluso lo que ella misma no se atrevía a admitir.

Cassy se quedó muda, inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que temía que cualquiera pudiera oírlo. No podía hablar, no podía moverse, no podía hacer nada más que estar allí, sintiendo cómo el miedo y algo más, algo que no sabía nombrar, le recorría todo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies.

En ese momento Olivia y Sandra se dieron cuenta de lo que había pasado y corrieron hacia allí, sus rostros pasando de la alegría a la sorpresa y luego al miedo y la nerviosidad en cuestión de segundos.

—¡Lo sentimos mucho! —exclamó Olivia, con la voz tensa y asustada, poniéndose delante de Cassy como si quisiera protegerla de algo—. Ella no lo hizo a propósito, estaba distraída, es muy despistada, por favor no se enfade…

—Es culpa nuestra, íbamos muy rápido y no nos fijamos —añadió Sandra, y aunque intentaba sonar firme y segura, Cassy podía notar el temblor en sus palabras, el respeto mezclado con el pánico que sentía—. Le pedimos disculpas a nombre de todas. No volverá a pasar.

Draven no apartó la vista de Cassy ni por un segundo. Ignoraba a las otras dos chicas como si fueran simples muebles o cosas sin importancia, como si en todo ese lugar solo existieran ellos dos y nadie más. Lentamente, sin prisa, le alargó un poco más la mano con los lentes, y su voz sonó baja, grave, suave… pero con ese tono que hacía que la piel se le pusiera de gallina:

—Tómalos. No se rompieron.

Cassy alargó la mano con dedos que le temblaban ligeramente y tomó sus lentes. En el momento en que sus dedos se tocaron, aunque fuera solo por una fracción de segundo, sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el brazo y le llegó hasta el pecho, algo extraño, caliente y frío a la vez, que le hizo contener la respiración. Se los puso con prisa, y ahora que veía bien otra vez, todo lo que lo rodeaba parecía más nítido, más real… y más peligroso.

—Gracias —susurró ella, y casi no se oyó a sí misma, tan bajito había hablado—. Y… perdóneme de verdad.

Él no respondió nada. Solo la miró, y por un instante muy breve, casi imperceptible, Cassy creyó ver el rastro de una sonrisa, algo que se movió en el fondo de sus ojos, oscuro, divertido, posesivo… como si le hubiera gustado ese encuentro, como si todo hubiera salido exactamente como él quería.

—Vamos, Cassy, siéntate ya —le dijo Olivia con prisa, agarrándola del brazo y tirando de ella suavemente pero con firmeza—. Dejemos que el señor esté tranquilo.

Cassy se dejó llevar, sus piernas sentían como si fueran de goma, y mientras se alejaba sentía esa mirada clavada en su espalda, pesada, constante, como si le estuviera tocando la piel aunque estuvieran separados por varios metros.

Las chicas llegaron a una mesa libre situada en un rincón, lo más lejos posible de donde estaba él, y se sentaron todas juntas, con Olivia y Sandra sentándose a los lados de Cassy, como formando una barrera entre ella y Draven, como si temieran que él pudiera acercarse de nuevo.

—¿Estás bien? —le preguntó Sandra, hablando casi en susurros, con los ojos muy abiertos—. ¡Qué mala suerte la tuya, chica! De todas las personas que podías chocar, tenías que ser precisamente con él…

—¿Te hizo algo? ¿Te dijo algo malo? —añadió Olivia, mirándola con preocupación—. Cuando vi que te paraste ahí sin decir nada me dio un susto terrible, pensé que te había dicho algo o que te había hecho daño…

—No, no me hizo nada —respondió Cassy, todavía un poco aturdida, pasándose una mano por sus rizos oscuros para calmarse—. Solo me dio mis lentes y ya. No dijo nada más.

—Pues ya es mucho —murmuró Sandra, lanzando una mirada rápida hacia atrás, hacia donde estaba él—. La mayoría de la gente ni siquiera se atreve a mirarlo, y tú chocaste con él y te habló… Eso no es algo que le pase a cualquiera, créeme.

Cassy se atrevió a mirar hacia allí, con cuidado, como si temiera que si lo miraba mucho tiempo algo malo le pasaría.

Draven no se había ido.

Se había sentado solo en una mesa que estaba cerca de la ventana, en una posición desde la cual podía ver toda la cafetería, y sobre todo podía verlas a ellas sin dificultad. No había pedido nada, no tenía delante ni café, ni agua, ni nada. Solo estaba allí, recostado contra el respaldo de la silla, con una pierna cruzada sobre la otra, una mano apoyada en el borde de la mesa y la otra metida en el bolsillo de su pantalón. No hablaba con nadie, nadie se le acercaba, incluso los camareros pasaban por su lado deprisa, con la cabeza gacha, como si tuvieran miedo de llamar su atención.

Pero lo que más le hacía sentir que el corazón se le encogía en el pecho era que no hacía nada más que mirarla.

Sus ojos oscuros no se apartaban de ella ni un solo segundo. La miraba comiendo, la miraba cuando hablaba, la miraba cuando movía la cabeza o se apartaba un mechón de cabello que se le caía sobre la frente. No era una mirada cualquiera: no era curiosidad, no era admiración, no era nada de lo que ella había recibido nunca. Era una mirada posesiva, intensa, como si ella fuera algo que le pertenecía, algo que ya había comprado o que ya había marcado como suyo, y que nadie más podía tocar ni mirar. Era una mirada que le decía que él sabía dónde estaba, qué hacía, con quién estaba… y que no la perdía de vista ni por un instante.

—No dejes que te vea mirándolo —le susurró Olivia, dándole un golpecito suave en el brazo—. No le des pie a nada, Cassy. Mejor fíjate en nosotras, en lo que hablamos… haz como si no existiera.

Cassy intentó hacer lo que le decía. Intentó escuchar lo que decían sus amigas, intentó comer el pastel que había pedido, intentó beber su té caliente… pero cada fibra de su cuerpo estaba consciente de su presencia, de ese hombre que estaba a pocos metros de distancia, frío, peligroso, del que todos hablaban con miedo, y que parecía haber decidido que ella era lo más interesante que había en todo el mundo.

De pronto, el silencio tranquilo del lugar se rompió por el sonido de un teléfono móvil.

Draven sacó el aparato del bolsillo, miró la pantalla y la expresión de su rostro cambió. Por primera vez desde que ella lo había visto, esa calma suya, esa indiferencia absoluta, desapareció. Sus cejas se fruncieron, su mandíbula se tensó, y hubo algo en su mirada, algo duro, peligroso, que hizo que hasta Cassy sintiera que el aire se volvía más pesado y frío. Contestó la llamada, pero no habló casi nada: solo decía palabras cortas, secas, bajas, que ella no podía oír ni entender, pero que dejaban claro que lo que le decían al otro lado no le gustaba nada.

En medio de la conversación, levantó la vista y miró hacia afuera, a través del cristal de la ventana. Cassy, sin poder evitarlo, siguió la dirección de su mirada, y lo que vio le hizo sentir un escalofrío que le bajó por la espalda.

Allí, aparcado justo frente a la puerta de la cafetería, estaba un coche impresionante: un Mustang negro, brillante, imponente, que parecía tragar la luz del sol, un coche que llamaba la atención no solo por lo lujoso y rápido que parecía, sino por la sensación de peligro y poder que desprendía. Y alrededor de ese coche, de pie, vigilando todo lo que pasaba, había dos hombres altos, fuertes, vestidos con trajes oscuros, serios, que miraban a todos lados con ojos atentos y duros: sus guardaespaldas.

Era la primera vez que Cassy veía algo así en persona. Sabía que esas personas solo las tenían los hombres muy ricos, o muy poderosos… o los que estaban metidos en cosas oscuras, cosas de las que nadie hablaba en voz alta. Todo lo que le habían dicho, todos los rumores, todas las historias que había oído, cobraban sentido ahora mismo, de golpe, con una claridad que le dolía: ese chico no era un estudiante cualquiera, no era alguien común y corriente. Él era alguien importante, alguien que tenía poder, dinero, y sobre todo, alguien que tenía razones para necesitar que lo cuidaran y lo protegieran de todo y de todos.

Draven dijo algo más por teléfono, colgó el aparato y lo guardó de nuevo en su bolsillo. No perdió ni un segundo más. Se levantó de la silla, se ajustó la chaqueta, y antes de irse, volvió a mirarla una vez más. Esa mirada fue breve, pero tan intensa que Cassy sintió que se le quedaba grabada en la piel para siempre. Luego se dio la vuelta y salió de la cafetería con pasos largos, decididos, sin mirar a nadie más.

A través de las ventanas lo vieron acercarse a su coche. Los guardaespaldas se apartaron para dejarlo pasar, uno de ellos abrió la puerta del conductor, él entró, y en unos segundos el potente motor rugió, y el coche negro se alejó por la calle, desapareciendo entre el tráfico como si nunca hubiera estado allí.

Solo cuando ya no se le veía por ninguna parte, el aire de la cafetería pareció volverse más ligero, más fácil de respirar. Las tres chicas soltaron el aire que habían estado reteniendo sin darse cuenta, y Sandra se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, con los ojos brillantes de curiosidad y nervios.

—¿Lo habéis visto? —susurró, como si todavía hubiera alguien que pudiera oírlas—. ¡Es increíble! Ese coche, esos hombres… yo siempre dije que ese tipo no es alguien normal. ¿Habéis visto cómo lo miraban? Nadie se atreve a hablarle, nadie se atreve a decirle nada, todos le tienen miedo… y con razón, supongo.

—¿Quién será? —preguntó Olivia, mirando la puerta por donde había salido, todavía con expresión inquieta—. Todo el mundo dice cosas, pero nadie sabe nada seguro. Dicen que tiene dinero de donde nadie sabe, que hace negocios que no son legales, que la policía no puede tocarlo por más que lo intente… es como si estuviera por encima de todas las reglas.

—Yo he oído decir que nadie sabe de dónde salió —añadió Sandra, bajando aún más la voz—. Que apareció aquí hace unos meses, ya con todo lo que tiene: dinero, coches, gente que le obedece… y nadie ha visto a su familia, nadie sabe qué hizo antes de llegar aquí. Es como si hubiera nacido de la nada, como si fuera una sombra que de repente cobró vida.

Las palabras se quedaron flotando en el aire, pesadas, llenas de misterio y cosas ocultas. Cassy las escuchaba, pero en su mente no había más que esa sensación que sentía cada vez que lo veía: miedo, sí, mucho miedo… pero también esa atracción extraña, esa curiosidad que no podía controlar, esa sensación de que entre ellos dos había algo que nadie más entendía, algo que solo ellos compartían.

Recordó el momento en que chocó con él, la forma en que le dio sus lentes, el roce breve de sus dedos, su olor, su mirada… y sintió que el corazón se le aceleraba otra vez, aunque él ya no estuviera allí.

—Deberías tener mucho cuidado, Cassy —le dijo Olivia, volviendo a mirarla con seriedad—. Sé que eres nueva, que todo esto te parece extraño y quizás interesante… pero créeme, hay cosas que es mejor no saber, y gente que es mejor no conocer. Él es una de esas personas. Mantente lejos de él, por favor. Por tu propio bien.

—Lo sé —susurró ella, aunque sabía muy en el fondo de su corazón que esas palabras, por más que quisiera cumplirlas, ya no tenían sentido. Porque aunque él se había ido, aunque ya no estaba allí, sentía que una parte de él se había quedado con ella, grabada en su piel, en su mente, en su sangre.

Estuvieron hablando un rato más, pero ya la magia del momento se había roto. El encuentro con Draven había cambiado todo, y ahora todo parecía diferente, un poco más oscuro, un poco más peligroso. Cuando el sol empezó a ocultarse del todo y las luces de las calles se encendieron una por una, decidieron que ya era hora de irse a casa.

—Nos vemos mañana en la universidad, ¿vale? —le dijo Sandra, abrazándola con fuerza, con esa alegría que tenía y que siempre conseguía animarla un poco—. Y no te olvides de lo que te dijimos: ¡cuidado con quién te cruzas!

—Hasta mañana —añadió Olivia, dándole un apretón suave en el brazo—. Ve con cuidado, avísame cuando llegues a casa.

Se despidieron en la esquina y cada una tomó su camino. Cassy caminó hacia la parada de autobuses, envuelta en su abrigo, con su mochila colgada al hombro, sus rizos oscuros moviéndose con el viento suave de la tarde. Las calles estaban llenas de gente que iba y venía, de coches que pasaban, de voces, risas y ruidos… pero ella sentía que caminaba sola, que todo lo demás estaba lejos, muy lejos.

De vez en cuando miraba hacia atrás, sin poder evitarlo, como si esperara ver esa figura alta y oscura siguiéndola entre la multitud, o ese coche negro aparcado en alguna esquina, observándola. Pero no veía nada. Solo gente normal, coches normales, casas normales… y aun así, tenía la sensación extraña, la certeza casi absoluta, de que no estaba sola. De que él sabía por dónde iba, de que sabía dónde vivía, de que sabía todo sobre ella.

Cuando llegó a su casa, entró y cerró la puerta detrás de ella, apoyando la espalda en la madera dura y soltando un suspiro largo y profundo. La casa estaba en silencio, su padre todavía no había llegado del trabajo, y por un momento se sintió a salvo, protegida entre esas paredes que ya empezaba a sentir como suyas.

Pero incluso allí, en su cuarto, cuando se cambió de ropa, cuando se sentó en su cama, cuando intentó leer o estudiar… no podía sacárselo de la cabeza. Veía sus ojos, su rostro, recordaba su voz baja, su mirada, el tacto de sus dedos, su aroma… y sentía que su vida, que siempre había sido tranquila, sencilla, sin sorpresas ni peligros, había cambiado para siempre desde el momento en que lo vio por primera vez.

No sabía qué le deparaba el futuro, no sabía qué quería él de ella, no sabía si volvería a verlo o qué pasaría si lo hacía. Pero había algo que sí tenía claro: ya nada volvería a ser como antes. El peligro ya había entrado en su vida, y parecía decidido a no irse nunca más.

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