Capitulo 2

El sol apenas empezaba a pintar de tonos dorados y rosados el cielo cuando Cassy abrió los ojos. La habitación estaba todavía en penumbra, pero la luz suave que entraba por las cortinas le bastó para saber que era muy temprano, mucho antes de lo que solía levantarse en su pueblo, donde los días transcurrían sin prisas y el tiempo parecía correr más lento. Aquí, en la ciudad, todo parecía tener prisa: los coches pasaban sin parar por la calle, la gente corría de un lado a otro, y hasta el tiempo mismo parecía correr más rápido, como si quisiera dejarla atrás.

Se sentó despacio en el borde de la cama, se pasó una mano por su cabello rizado oscuro y durante unos segundos se quedó ahí, en silencio, con la sensación extraña que la había acompañado desde la noche anterior: ese peso en el pecho, esa imagen que no se iba de su mente, ese nombre que sonaba dentro de su cabeza una y otra vez, como un susurro que no podía callar: Draven.

Aunque había intentado no pensar en él, aunque había repetido las palabras de Olivia una y otra vez —aléjate, no lo mires, no te metas en problemas—, no había podido evitarlo. Había soñado con esos ojos oscuros, profundos, que parecían ver más allá de lo que cualquiera podía ver, y con esa calma helada que tenía, como si nada ni nadie pudiera afectarlo. Despertó con el corazón acelerado y la sensación extraña de que alguien la estaba observando, aunque estuviera completamente sola en su cuarto.

Sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos y se levantó. Tenía que ir a la universidad, tenía que concentrarse en sus clases, hacer lo que su padre esperaba de ella y demostrarse a sí misma que podía adaptarse, que no tenía por qué tener miedo de nada… ni de nadie.

Entró al baño, se aseó con calma, se cepilló sus rizos oscuros y se puso sus lentes de montura fina que siempre usaba para ver bien. Su piel morena brillaba suavemente bajo la luz del baño, dándole un aspecto cálido y dulce que contrastaba con la frialdad de aquel lugar nuevo. Para vestirse eligió ropa sencilla, cómoda, tal como lo hacía siempre: unos pantalones vaqueros claros, una blusa de algodón de color blanco y un suéter fino color crema que le quedaba un poco grande, lo que le daba ese aire tímido y delicado que la caracterizaba. Se miró un momento al espejo: su rostro de piel morena, sus ojos claros, su expresión tranquila y un poco insegura. Era ella, la misma chica de siempre, pero sentía que ya no era la misma, como si algo hubiera cambiado desde que llegó a esta ciudad, como si una sombra pequeña pero pesada se hubiera pegado a su piel y no quisiera soltarla.

Bajó las escaleras hacia la cocina, esperando encontrar a su padre, pero la mesa estaba vacía y su taza de café no estaba en su sitio. Miró el reloj de la pared y comprendió: él se había ido mucho antes de lo habitual, seguramente tenía trabajo pendiente en la empresa y no quiso despertarla. Encontró una nota escrita con su letra clara y ordenada, puesta sobre la nevera:

“Mi niña, tuve que salir temprano, te dejé preparado todo para el desayuno. Ten cuidado, ve con cuidado, y recuerda que aquí estaré cuando regreses. Te quiero. Papá.”

Una sonrisa suave se dibujó en sus labios, y por un momento todo ese peso que sentía se alivió un poco. Él era su ancla, su lugar seguro, la única persona en el mundo que nunca le haría daño, que siempre la cuidaría. Preparó su desayuno: pan tostado, un poco de mantequilla y un vaso de leche, comió despacio, pensando en las clases que tenía por delante, intentando no volver a dejar que su mente se escapara hacia ese chico del que todos hablaban con miedo.

Cuando terminó, guardó sus cuadernos y libros en la mochila, se puso los zapatos y salió de casa. El aire de la mañana era fresco, con ese olor a ciudad: a asfalto, a humo, a cosas que se movían sin parar. Caminó hasta la parada de autobuses que había a pocas calles de allí, el mismo camino que había recorrido todos los días desde que llegaron, pero hoy todo le parecía diferente, más grande, más ruidoso, más peligroso de alguna forma que no sabía explicar.

El autobús llegó poco después, se subió y se sentó cerca de la ventana, mirando cómo pasaban las calles, las tiendas, las personas que iban y venían, cada uno con su propia vida, sus propios problemas, sus propios secretos. ¿Quién más, entre toda esa gente, escondía algo oscuro? ¿Quién tenía una cara para el mundo y otra muy distinta que solo mostraba cuando nadie lo veía? Pensó en Draven, y sintió que el corazón se le apretaba un poco.

Llegó a la entrada de la universidad unos minutos antes de que empezaran las clases. El lugar ya estaba lleno de estudiantes que hablaban, reían, corrían de un lado a otro, un bullicio alegre y vivo que contrastaba con lo que ella sentía por dentro. No tardó mucho en ver a Olivia, que la buscaba entre la multitud y le hacía señas con la mano, con esa sonrisa brillante que siempre tenía.

—¡Cassy, aquí! —gritó su amiga, corriendo hacia ella y abrazándola con fuerza—. ¡Pensaba que no llegarías! ¿Qué tal la mañana? ¿Todo bien en casa?

—Todo bien —respondió Cassy, devolviéndole el abrazo con menos energía—. Mi papá se fue temprano, así que vine yo sola en el autobús.

—¡Ya verás que pronto te acostumbras a todo! —le dijo Olivia, y luego bajó la voz, acercándose a su oído, con esa expresión seria que ponía cada vez que hablaban de ese tema—. Oye… solo quería recordarte lo que te dije ayer. Si lo ves, si lo cruzas por el camino… ni lo mires, ¿me oyes? No hables con él, no te quedes cerca, simplemente pasa de largo como si no existiera. Por tu bien.

Cassy asintió con la cabeza, aunque por dentro sentía que esas palabras eran como intentar decirle que no mirara algo que estaba justo delante de sus ojos, algo que brillaba o asustaba tanto que era imposible no prestarle atención.

—Iré con cuidado —prometió, aunque no estaba muy segura de si podría cumplirlo.

Y como si el destino quisiera ponerla a prueba en ese mismo momento, justo cuando iban a entrar al edificio, su mirada se cruzó con él.

Estaba allí, apartado de todos, en una esquina alejada, donde la sombra de los árboles cubría casi todo el lugar, como si buscara estar lejos de los demás, como si no quisiera que nadie se le acercara. Llevaba puesta una sudadera de color negro, gruesa, con la capucha puesta que le cubría gran parte de la frente y las sienes, dejando ver solo la mitad inferior de su rostro: su mandíbula marcada, los labios finos, la piel pálida. Tenía una postura relajada, apoyado contra la pared, una mano metida en el bolsillo del pantalón oscuro y la otra sosteniendo un cigarrillo que llevaba a los labios de vez en cuando, soltando bocanadas de humo gris que se mezclaban con el aire frío de la mañana.

No hablaba con nadie, nadie se le acercaba, todos los que pasaban por su lado hacían un rodeo, bajaban la mirada o aceleraban el paso, como si estuvieran viendo algo peligroso, algo que podía morder si te acercabas demasiado. Y aun así, aunque estaba quieto, en silencio, lejos de todos, se notaba su presencia con una fuerza extraña, como si el aire mismo cambiara a su alrededor, como si todo lo demás perdiera importancia comparado con él.

Cassy se quedó quieta, como si los pies se le hubieran pegado al suelo. Aunque la capucha le cubría gran parte del rostro, aunque solo veía una parte de él, supo de inmediato que era Draven. Era esa forma de estar, esa calma fría, esa sensación de que estaba ahí pero al mismo tiempo estaba en otro lugar, muy lejos de todo lo que pasaba a su alrededor. Y entonces, como si hubiera sentido que lo miraba, levantó lentamente la vista.

Sus ojos se encontraron.

El tiempo pareció detenerse por un segundo. Cassy sintió que se le cortaba la respiración, que la sangre se le helaba en las venas, a pesar del tono cálido de su piel. Él no hizo ningún gesto, no sonrió, no se enfadó, no mostró nada. Solo la miró, con esa mirada oscura, profunda, que parecía atravesarla y ver todo lo que ella tenía dentro: sus miedos, sus dudas, sus pensamientos más escondidos. Fue solo un instante, nada más que eso, pero para ella duró una eternidad. Luego él apartó la vista, volvió a llevar el cigarrillo a los labios y siguió ahí, quieto, indiferente, como si nada hubiera pasado, como si ella fuera cualquier cosa, cualquier piedra o árbol del lugar.

—¿Qué te dije? —susurró Olivia, agarrándola del brazo y tirando de ella suavemente para que entraran al edificio—. ¡No lo mires, Cassy! Ese tipo… ese tipo no es normal. Te lo aseguro, hay algo mal en él, algo oscuro.

—Lo sé —susurró ella, con la voz un poco temblorosa—. Ya no lo miro, vamos.

Pero aunque ya no lo miraba, aunque ya estaba dentro del pasillo y lejos de su vista, sentía esa mirada clavada en ella, como si estuviera grabada en su piel, como si él pudiera verla aunque ella no lo viera a él.

Las clases de la mañana transcurrieron entre lentas y rápidas a la vez. Cassy intentaba concentrarse en lo que decían los profesores, en lo que escribía en sus cuadernos, pero su mente se escapaba una y otra vez, y de vez en cuando levantaba la vista sin querer, buscándolo entre los estudiantes, aunque no lo veía por ninguna parte. Se preguntaba si estaría en alguna clase, si estudiaba lo mismo que ella, o si simplemente venía aquí por algún motivo que nadie conocía. Todo lo que sabía de él eran rumores, historias que se contaban en voz baja, miedos que nadie se atrevía a decir en voz alta.

Cuando llegó la hora del descanso, salieron al patio con el resto de los estudiantes. Olivia hablaba sin parar, intentando distraerla, contándole historias de la universidad, de profesores, de fiestas, de lugares a los que podían ir los fines de semana… y Cassy la escuchaba, asentía, sonreía, pero sentía que su cabeza estaba en otro sitio.

—¡Eh, vosotras dos! ¡Esperad!

Una voz alegre, fuerte y un poco ruidosa las hizo girarse. Vieron acercarse a una chica que caminaba con pasos largos y decididos, como si todo el lugar le perteneciera. Era de estatura media, tenía el cabello corto de color castaño con mechones teñidos de rojo brillante, los ojos oscuros y vivaces, y vestía de una forma que llamaba la atención: una chaqueta de cuero negro, pantalones ajustados y botas altas, con un aspecto que gritaba rebeldía y libertad desde lejos. Se acercó a ellas con una sonrisa amplia, sin timidez ninguna, como si las conociera de toda la vida.

—¿No os acordáis de mí? —preguntó, deteniéndose delante de ellas, con las manos en las caderas—. Estamos en la misma clase de literatura contemporánea, nos sentamos casi una al lado de la otra. Yo soy Sandra.

—¡Ah, sí! —exclamó Olivia, sonriendo de inmediato—. Claro que sí, perdona, es que con tantas caras nuevas…

—¡No te preocupes, chica, lo entiendo! —se rió Sandra, y su risa era fuerte, sincera, de esas que contagian alegría—. Yo soy así, me presento a la fuerza, no puedo evitarlo. No me gusta andar con formalidades ni cosas aburridas.

Luego dirigió su mirada a Cassy, y la observó un momento, con esa mirada directa que tenía, sin malicia, pero que lo veía todo: su piel morena, sus rizos oscuros que se escapaban de detrás de sus orejas, su postura tímida y suave.

—Y tú debes ser la chica nueva, ¿verdad? —dijo—. Todos hablan de que llegó una chica del pueblo, tranquila, que nunca habla mucho. Soy Sandra, encantada.

—Yo soy Cassy —respondió ella, sintiéndose un poco tímida delante de tanta energía—. Mucho gusto.

—El gusto es mío, ya lo verás —le aseguró Sandra, y luego se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz como si fuera a contarles un gran secreto—. Oye, he visto cómo os quedáis mirando a todo el mundo, y sé que todavía no conocéis los sitios buenos de aquí. Después de las clases, ¿qué os parece si vamos a la cafetería que está en la calle principal? No es la de aquí dentro, esa es pequeña y aburrida, sino la otra, la que tiene las ventanas grandes y la terraza. Se come bien, se bebe algo rico y se puede hablar de todo sin que nadie nos moleste. ¿Qué decís?

Olivia pareció encantada con la idea.

—¡Me parece genial! —respondió al instante—. Nunca hemos ido, ¿verdad, Cassy?

Cassy dudó un momento. Por un lado, le daba miedo ir a lugares nuevos, estar con gente que no conocía, salir de su zona de seguridad… pero por otro lado, sabía que si se iba a casa de inmediato, se pasaría la tarde pensando, dándole vueltas a todo, recordando lo que había visto, lo que había oído, esa sensación de peligro que la perseguía. Además, Sandra parecía buena persona, alegre, directa, de esas personas que no se andan con medias tintas y que no parecían tener miedo de nada.

—De acuerdo —aceptó, sonriendo un poco—. Me parece bien.

—¡Eso es! —aplaudió Sandra, contenta—. Ya veréis, lo pasamos muy bien. Y no os preocupéis por nada, yo conozco todo esto como la palma de mi mano. Si hay alguien que no os convence, o algo que no os gusta, yo misma lo echo a patadas, ¿vale? —bromeó, aunque había algo en su mirada que decía que hablaba en serio.

Estuvieron hablando unos minutos más, hasta que sonó el timbre que indicaba que debían volver a las aulas. Se despidieron con la promesa de encontrarse a la salida, y cada una fue por su lado.

Durante las horas que quedaban, Cassy no podía dejar de pensar en esa invitación. Por un lado, le alegraba tener amigas, hacer cosas normales, vivir la vida de una estudiante como cualquier otra. Pero por otro, no podía evitar sentir esa sensación extraña, como si algo no estuviera bien, como si estuviera a punto de cruzar una línea que no debería cruzar. Y cada vez que cerraba los ojos, veía su imagen: Draven, apoyado contra la pared, la capucha puesta, el humo saliendo de sus labios, y esa mirada que parecía haberle grabado el rostro en la memoria para siempre.

Es peligroso, se repetía a sí misma. Todos lo dicen. Aléjate. No te metas en problemas.

Pero aun así, había algo que le decía que ya era demasiado tarde. Que desde el momento en que lo vio por primera vez, desde que sus miradas se cruzaron, ya no había vuelta atrás. Que ese hombre, oscuro, misterioso, del que todos huían y al que todos temían, ya formaba parte de su vida, aunque ella no quisiera, aunque no lo entendiera, aunque ni siquiera supiera por qué.

Cuando por fin terminaron las clases, salieron todas juntas por la puerta principal. El sol ya empezaba a bajar, tiñendo el cielo de colores naranjas y morados, y las sombras se hacían más largas, más oscuras, cubriendo los rincones del patio y las calles de alrededor. Sandra iba delante, hablando y riendo, contando historias, señalando lugares, explicando cosas… Olivia la seguía, igual de alegre, y Cassy caminaba detrás, mirando a todos lados, sin poder evitar buscarlo entre la gente, sin poder evitar preguntarse si él estaría ahí, si las estaría mirando, si sabía a dónde iban.

De repente, Sandra se detuvo en seco y su voz bajó de tono, perdiendo toda esa alegría que tenía antes.

—Ahí está él —susurró, señalando con la cabeza hacia un lado, sin atreverse a señalar con la mano—. El chico del que todo el mundo habla. Draven.

Cassy sintió que el corazón se le aceleraba de golpe. Allí estaba, otra vez, en el mismo sitio de siempre, lejos de todos, solitario, con esa misma actitud fría y distante. Esta vez no tenía la capucha puesta, así que podía verlo mejor: su cabello oscuro, algo despeinado, su rostro pálido y marcado, sus ojos oscuros que miraban todo con esa calma que daba miedo. Estaba de pie, hablando en voz baja con otro hombre que Cassy no conocía, alguien más mayor, vestido de forma elegante, con traje y corbata, que hablaba inclinándose hacia él como si le estuviera dando órdenes o explicando algo importante. Y lo más extraño de todo: ese hombre, que parecía tener autoridad y poder, lo miraba con respeto, casi con miedo, como si quien mandara no fuera él, sino Draven.

—¿Lo ves? —susurró Sandra, sin apartar la vista—. Nadie sabe bien quién es, de dónde viene ni qué hace, pero todo el mundo sabe que no es alguien con quien jugar. Dicen que tiene contactos, gente poderosa detrás de él, que hace lo que quiere y nadie puede pararlo. Hay cosas que pasan en esta ciudad, cosas malas, cosas que nadie se atreve a contar… y todo el mundo sabe que él está metido en medio de todo eso.

—¿Es verdad lo que dicen? —preguntó Cassy, casi sin voz—. ¿Que mató a alguien?

Sandra se encogió de hombros, pero su mirada era seria.

—Nadie lo sabe seguro —respondió bajito—. Lo que sí sé es que nadie se atreve a preguntar, nadie se atreve a acusarlo, nadie se atreve a hacer nada. Porque todos tienen miedo. Miedo de lo que pueda pasar si se meten con él.

Se hizo un silencio pesado, lleno de cosas que no se decían, de verdades a medias, de miedos que nadie expresaba en voz alta. En ese momento, Draven terminó de hablar con el otro hombre, este se marchó y él se quedó solo otra vez. Y entonces, muy despacio, volvió a levantar la vista, y sus ojos fueron directos hacia ellas.

Directos hacia ella.

Cassy sintió que todo el cuerpo se le tensaba, que no podía moverse, que no podía respirar. Él la miró fijamente, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si estuviera viendo algo que le interesaba, algo que le pertenecía: su piel morena, sus rizos oscuros, su mirada asustada y a la vez curiosa. No había odio en su mirada, ni ira, ni nada de lo que uno esperaría ver. Había algo oscuro, algo posesivo, algo que le decía que, para él, ella no era una chica cualquiera que pasaba por allí… sino algo que ya había marcado como suyo.

—Vámonos de aquí —susurró Olivia, agarrándola del brazo con fuerza—. Por favor, Cassy, vámonos ya.

Sandra también se dio cuenta de la mirada de él, y su expresión cambió, se puso seria, alerta.

—Tienes razón —dijo en voz baja—. Mejor nos vamos. Ese tipo… no me gusta nada cómo te mira. Como si ya supiera todo de ti.

Cassy no pudo decir nada. Dejó que sus amigas la llevaran con ellas, que se alejaran de allí, que salieran por la puerta y se metieran en la calle principal, entre el ruido de los coches y la gente que pasaba… pero incluso cuando ya estaba lejos, incluso cuando ya no podía verlo, sentía esa mirada pegada en su piel, como si él la estuviera siguiendo con la vista hasta que desapareció de su alcance.

Mientras caminaban hacia la cafetería, hablaban de cosas triviales, de música, de películas, de lugares que visitar… pero Cassy solo podía pensar en una cosa.

¿Por qué la miraba así? ¿Qué veía él en ella que los demás no veían? ¿Y lo más importante de todo… qué quería de ella?

No lo sabía, y una parte de ella tenía mucho miedo de descubrirlo. Pero otra parte, pequeña, escondida, que no se atrevía a reconocer ni siquiera ante sí misma… tenía miedo de que él nunca volviera a mirarla así

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