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Capítulo 1: El beso improvisado

En estos tiempos, celebrar bodas en hoteles lujosos se ha puesto de moda entre quienes pueden permitírselo: salones resplandecientes, servicio impecable y el escenario perfecto para presumir estatus. Sin embargo, detrás de tanta opulencia, en muchas familias persisten rivalidades profundas. Hay parientes que luchan por salir victoriosas a toda costa; no les basta con vencer, sino que hacen hasta lo imposible por humillar a la otra. Del otro lado está la hermana con quien rivalizan, una persona que nunca les hizo daño y que, para evitar el desprecio constante, se ve obligada a tomar decisiones desesperadas. Decisiones que, a veces, esconden un propósito mayor donde finalmente podría ganar.

El Hotel Grand Esmeralda resplandecía bajo el fulgor de sus arañas de cristal, un palacio donde las luces danzaban sobre el mármol pulido y cada risa ocultaba un filo. El vestíbulo, vibrante con el murmullo de los invitados y el tintineo de las copas de champán, era un escenario de intrigas y apariencias.

Leonela, envuelta en un vestido amarillo que ardía como un sol en la penumbra, caminaba con pasos deliberados, sus tacones resonando como un desafío. Sin embargo, su corazón latía con una mezcla de rebeldía y vulnerabilidad al divisar a su hermana Cassandra y a Paul, su novio, riendo con esa condescendencia que siempre la sacaba de quicio.

«Siempre presumiendo, siempre aparentando», pensó, apretando los puños.

Enrique, vestido con una camisa blanca impecablemente planchada y un traje azul que parecía moldeado a su figura, pasaba desapercibido. Nadie notó la ausencia de una placa en su uniforme ni la forma en que sus ojos escaneaban el jardín con una mezcla de compromiso y cálculo. Estaba a punto de dirigirse a un encargo cuando un joven mesero, nervioso y cargado con una jarra de agua en su charola, tropezó frente a él. El agua se derramó sobre el saco de Enrique, empapándolo en un instante.

—¡Lo siento, señor! —balbuceó el mesero, las mejillas enrojecidas—. ¡Qué torpe soy!

Enrique, lejos de enojarse, soltó una risa suave. Su calma desarmó al joven.

—Tranquilo, amigo —dijo, quitándose el saco con un movimiento elegante—. Los accidentes pasan.

Le entregó el saco empapado.

—¿Puedes llevarlo a secar? Te lo agradecería.

El mesero, aliviado, asintió con entusiasmo.

—¡Claro, señor! Lo tendré listo en un momento.

A cambio, Enrique pidió que le dejara en sus manos la charola vacía.

—Tome, yo… vuelvo enseguida.

Enrique, con la charola bajo el brazo, alzó una ceja, divertido. Esto no estaba en el plan, pensó, pero la improvisación era su fuerte. Antes de que pudiera decidir qué hacer, sus ojos curiosos se cruzaron con los de Leonela, quien, a pocos metros, soportaba las burlas de Cassandra y Paul.

—Miren quién llegó sola otra vez —dijo Cassandra, la voz afilada como un cristal roto, mientras señalaba a Leonela con una copa en la mano—. ¿Qué pasa, hermanita? ¿Nadie te quiere?

Paul, con una sonrisa cruel, añadió:

—Supongo que no todos tienen el gusto de estar con una perdedora.

Leonela sintió un calor subirle al rostro, pero no retrocedió. No les daré el gusto, pensó, el rostro endureciéndose. Su mirada se posó en un joven que destacaba entre la multitud. No llevaba bebidas en su charola, sino una bandeja discretamente sujeta bajo el brazo, como si estuviera esperando que alguien solicitara sus servicios. No había placa en su uniforme, solo una camisa blanca impecablemente planchada, un pantalón azul de corte elegante y unos zapatos negros tan pulidos que reflejaban el sol. Su porte era firme, casi magnético, y Leonela supo de inmediato que él sería su cómplice.

Sin pensarlo dos veces, se acercó con una seguridad que ocultaba el torbellino de su improvisación. Lo tomó del brazo, lo giró hacia ella y, frente a las miradas curiosas del vestíbulo, le plantó un besó con tal intensidad que era tanto un reto como una declaración. Quería que Cassandra la viera, que entendiera que no estaba sola, deseaba demostrarle que no necesitaba su aprobación. El joven, sorprendido, se quedó inmóvil por un instante, pero sus ojos captaron el brillo desafiante y a la vez suplicantes de Leonela.

—Sígueme la corriente —susurró ella, la voz un murmullo cargado de urgencia.

Él, con una mezcla de desconcierto y audacia, respondió en un tono bajo, casi íntimo:

—Perdóname por hacerte esperar, amor.

Leonela sonrió, satisfecha, y lo tomó del brazo, exhibiéndolo como si fuera su pareja de toda la vida. Las cabezas se giraron. Los murmullos crecieron. Cassandra y Paul, que observaban desde el vestíbulo, fruncieron el ceño. Paul dio unos pasos adelante, con voz autoritaria, dijo:

—¿Y tú quién eres? —le espetó al mesero, escaneándolo con desprecio.

El joven, sin inmutarse, levantó la barbilla y respondió con un dejo de insolencia:

—¿Y a ti qué te importa?

Cassandra, con una risa sardónica, intervino.

—Paul, deja en paz a mi hermana —dijo, señalando con un gesto la bandeja bajo el brazo del supuesto novio—. ¿En serio, Leonela? ¿Un mesero?

Leonela sintió un calor subirle al rostro, pero no retrocedió. El joven, a quien aún no le había preguntado su nombre, captó su nerviosismo y le apretó el brazo con suavidad, como diciendo: «Tranquila, yo sigo el juego».

—Soy Enrique —dijo él, presentándose con una calma que desarmaba—. ¿Y tú eres…?

Cassandra soltó una carcajada.

—Pensé que tenías mejor gusto, hermanita. Vámonos, Paul, no perdamos tiempo con esto.

Mientras la pareja se alejaba riendo con desdén, Enrique hizo una seña casi imperceptible al mesero que había llevado a secar su saco. El muchacho pasaba cerca del insolente con una jarra de agua en su mano. Este, entendiendo la señal, «tropezó» torpemente y repitiendo la escena con Enrique derramó el contenido sobre Paul, empapando sus ropas.

—¡Oye, idiota! —bramó Paul, furioso—. ¡Este traje vale más de lo que ganarías en un año!

El mesero, con una disculpa exagerada y una chispa burlona en los ojos, respondió:

—Mil disculpas, señor, qué torpeza la mía.

Enrique, desde la distancia, le lanzó una mirada de complicidad, aunque Leonela, absorta en su propia indignación, no notó el intercambio de señas. Creyó que había sido un accidente y, en cierto modo, lo agradeció.

Cuando estuvieron a solas, Leonela suspiró, todavía temblando por la adrenalina.

—Siento lo de mi hermana y su novio. Son insoportables —dijo, mirándolo a los ojos—. Te daré una buena propina si sigues siendo mi «novio» esta noche. ¿Puedes?

Enrique la observó, los ojos claros brillando con una mezcla de diversión y curiosidad. Notó cómo ella miraba la bandeja bajo su brazo y supo que había captado la razón de las burlas. Aun así, sonrió.

—No tienes que pagarme —respondió, extendiéndole la mano con una galantería inesperada—. Vamos a donde quieras, pero esto lo haré por gusto, no por dinero.

Leonela, sonrojada y sorprendida por su respuesta, tomó su mano, sintiendo un cosquilleo que no esperaba. Lo guió hacia el salón principal, pero en el camino se cruzaron con Tiara, la prima de las hermanas, y Olivia, su amiga inseparable. Ambas los miraron con una mezcla de sorpresa y burla.

—¿Y este quién es? —preguntó Tiara, cruzando los brazos.

Olivia, con una sonrisa mordaz, respondió:

—Es la desesperación de Leonela por no estar sola.

Leonela alzó la barbilla, decidida a no dejar que sus palabras la afectaran. Con Enrique a su lado, entró al salón donde una fiesta en pleno apogeo los recibió con luces tenues, música envolvente y un mar de miradas curiosas. Los invitados los observaban, intrigados por la pareja que parecía desafiar las expectativas.

Enrique, con una confianza que rayaba en lo magnético, se inclinó hacia Leonela.

—¿Gustas un trago? —preguntó, y antes de que ella pudiera responder, la besó de nuevo, esta vez con una ternura que contrastaba con la intensidad del primer beso.

Fue un gesto romántico, casi teatral, que hizo que los murmullos en el salón se intensificaran. Luego, con un susurro que solo ella escuchó, añadió:

—Vuelvo en un momento, amor.

Mientras Enrique se dirigía a la barra, Tiara y Olivia se acercaron a Leonela, los rostros cargados de sorna.

—Es guapo, ¿no? —dijo Tiara, con un tono que destilaba envidia—. Pero solo está haciendo su trabajo, el encargo que le dieron.

Olivia asintió, riendo.

—Un mesero jugando a ser príncipe. Todas aquí quieren lo mismo: un chico guapo, joven, soltero y «millonario».

Leonela agachó la cabeza, un rubor subiéndole a las mejillas. En su mente, una voz amarga le susurró: «Eso es lo que piensan todas, ¿no? Que solo quiero presumir, que solo quiero encajar». Pero alzó la vista, decidida. No llevaría a Enrique a un rincón; quería que todos lo vieran, que entendieran que ella podía brillar sin necesidad de cumplir sus expectativas.

Enrique regresó con dos copas espumosas, la sonrisa imperturbable, como si el peso de las miradas no lo tocara. Le ofreció una copa a Leonela y, con un gesto elegante, la tomó de la mano y la condujo ante la vista de todos. Las luces del salón parecían desvanecerse, y por un instante el juego dejó de sentirse como tal. Los ojos de Enrique, fijos en los de Leonela, guardaban una promesa que ella no se atrevía a descifrar. La noche estaba lejos de terminar, y entre el brillo del hotel, las burlas de algunos invitados y el calor de sus manos entrelazadas, algo desconocido comenzaba a encenderse entre ellos, algo que ninguno de los dos había planeado.

En el escenario donde cada risa, cada mirada, era un arma afilada, Leonela, envuelta en su seguridad, avanzaba por el salón al lado de Enrique, como si el mundo entero fuera un público que debían conquistar. Los murmullos de los invitados se arremolinaban a su paso, pero ella los ignoraba, con la barbilla en alto y una sonrisa que era más desafío que alegría.

Cassandra, desde el otro lado del salón, observaba con una mezcla de desdén y desconcierto, su copa de champán brillando bajo las luces como si fuera un trofeo de su superioridad.

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