Leonela sintió que el mundo se desmoronaba. Las palabras de Samara eran ácido, quemando las últimas briznas de esperanza que aún albergaba.
—Enrique nunca me amó —dijo, su voz hueca, como si estuviera pronunciando una sentencia contra sí misma—. Solo me usó por su codicia.
Samara inclinó la cabeza, sus ojos brillando con una satisfacción que apenas disimulaba.
—Exacto —ronroneó.
—Le puedes decir de mi parte que es un imbécil, y que nunca quiero verlo de nuevo.
Con un movimiento brusco, Leonela a