Leonela lo miró con desprecio, sus labios temblando de rabia contenida.
—Da igual —espetó, su voz afilada como un cristal roto—. Solo di que te aprovechaste de mí.
Enrique frunció el ceño, desconcertado.
—¿Aprovecharme? —Su voz era un murmullo incrédulo, herido. Nunca habían cruzado esa línea, nunca habían compartido más que promesas y roces cargados de anhelo—. Leonela, yo…
El zumbido de su teléfono lo interrumpió. Una llamada entrante iluminó la pantalla. Leonela soltó una risa amarga, sus ojo