En el interior del hotel, los pasillos brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y el murmullo del restaurante se desvanecía a la distancia. Enrique, con un traje impecable y una tensión apenas disimulada en los hombros, se acercó a Ignacio, un empleado del hotel cuya discreción era tan confiable como el tictac de un reloj suizo.
—Lleva velas y champán a la habitación del penthouse —ordenó Enrique, su voz firme pero baja, como si temiera que las paredes escucharan—. Lo más rápido posible.