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Capítulo 2: El recuerdo de la traición

Leonela apenas había dado un sorbo a su copa cuando Cassandra se acercó y la jaló hacia el jardín con pasos rápidos y el rostro tenso, como si estuviera a punto de estallar. La música se desvanecía en el fondo y el aire se cargó de una electricidad que presagiaba tormenta.

—¿Qué crees que estás haciendo, Leonela? —espetó Cassandra.

Se cruzó de brazos con fingida indignación, como quien se enfunda en una armadura recién pulida.

—¿Te volviste loca? ¿Cómo te atreves a traer a un meserito como tu acompañante? ¡Por Dios, estás haciendo el ridículo! ¡Váyanse antes de que esto se vuelva patético!

Leonela soltó una risa seca. Los ojos le centelleaban con una furia contenida.

—Patético es que creas que puedes decirme qué hacer, Cassandra. Me quedo, y créeme, me voy a divertir muchísimo. ¿Te molesta? Porque parece que te arde mi dicha.

Cassandra entrecerró los ojos. Su sonrisa se afiló.

—¿Quién es ese tipo, Leonela? ¿Algún actor sin trabajo que contrataste para no llegar sola? Dime, ¿cuánto le pagaste para que finja ser tu novio? —Hizo una pausa y bajó la voz, el tono venenoso—. Sabes que papá está mirando, ¿verdad? Y conocemos su condición. La que se case primero se queda con la dirección de la empresa. ¿Crees que este numerito te va a ayudar? ¡Exijo respeto!

Leonela sintió un calor subirle al rostro, pero no retrocedió. Dio un paso hacia su ahora rival, la voz baja y cargada de desprecio.

—¿Respeto? ¿Tú me hablas de respeto, Cassandra? Qué descaro, cuando fuiste tú quien me quitó a mi prometido. ¿O ya se te olvidó?

Cassandra soltó una carcajada fría. Los ojos le brillaban con una mezcla de burla y triunfo.

—No te lo quité. Él me eligió a mí. Paul solo te usó para entrar a la empresa. Un oportunista de manual: se acercó a ti porque eras la hija del dueño, la puerta fácil al dinero, no te engañes querida. Cuando vio que yo era más útil… cambió de bando. ¿Duele? Porque debería. Eres patética, buscando atención con este actor de segunda.

Leonela apretó los puños. Su sonrisa burlona no vaciló.

—¿Patética? Lo que te da celos es que Paul no te está dando lo que siempre has carecido, ¿verdad? Pobrecita, siempre mendigando atención… y estatus.

Cassandra palideció. Los labios le temblaban de rabia.

—¡Eres una envidiosa de m****a! —gritó, perdiendo la compostura—. ¡Nadie te quiere, nadie te pela, no tienes nada!

Leonela dio un paso más. Su voz se convirtió en un susurro venenoso.

—Dime, Cassandra, ¿cómo se siente ser siempre la segunda opción? Porque sé que cuando Paul está contigo, gime mi nombre. «Oh, Leonela, oh». ¿Verdad que duele?

El rostro de Cassandra se contorsionó. Antes de que nadie pudiera reaccionar, levantó la mano y le dio una bofetada que resonó como un trueno. Los invitados cercanos se quedaron en silencio, las copas inmóviles en sus manos. Leonela, con la mejilla ardiendo, no dudó. Respondió con otra bofetada, igual de contundente. Cassandra se sobó el rostro, gruñendo:

—¡Ay, perra!

En ese instante, un relámpago de memoria surcó la mente de Leonela, ordenando el caos de sus pensamientos como un rayo que ilumina la tormenta.

Era el día de su boda. El vestido blanco la envolvía: seda vaporosa que susurraba contra su piel con cada paso apresurado, un velo de encaje que ahora parecía burlarse de su inocencia perdida. El aire del salón estaba cargado del aroma dulzón de las rosas blancas en los centros de mesa, mezclado con el leve perfume a jazmín de su ramo.

Había salido a buscar a Paul, impulsada por un pánico que le aceleraba el pulso en las sienes, un tamborileo sordo que ahogaba la música lejana de los violines. Su corazón latía en una danza errática de temor y esperanza.

—¿Paul, dónde estás? —gritó. 

Su voz era un eco frágil que rebotaba en los pasillos.

Nadie respondió. Solo el rumor distante de risas ajenas.

Empujó una puerta entreabierta al fondo del pasillo, un rincón olvidado del edificio. Allí estaban, en la penumbra, como ladrones en su propio paraíso: Paul, con el esmoquin desabotonado y el cierre del pantalón a medio subir, la corbata aflojada; y Cassandra, con el vestido de dama de honor arrugado y una sonrisa triunfal curvando los labios.

El ramo se le escapó de las manos y cayó al suelo.

El beso que compartían era voraz, un entrelazamiento de lenguas y suspiros que le cortó el aliento. Paul, con las manos aún hundidas en las caderas de Cassandra, se separó apenas lo suficiente para mirarla. El aroma almizclado del deseo flotaba en el aire, traicionero, mezclándose con el leve olor a madera de su colonia favorita.

—¿Es en serio, Paul? ¿En el día de nuestra boda? ¿Con mi hermana… con mi dama de honor? —sollozó Leonela. 

La voz se le quebraba en fragmentos agudos, como cristal pisoteado bajo sus pies.

Cassandra se irguió con lentitud felina, ajustándose el escote con una gracia insolente, sin un ápice de culpa en la mirada.

—No soy tu hermana, Leonela. Soy tu hermanastra, un detalle que siempre has exagerado para tu victimismo —replicó con voz melosa, venenosa, como el veneno de una serpiente disfrazada de flor—. Y solo estoy aquí como dama de honor porque mamá insistió. Si no fuera por eso, ¿crees que me molestaría en ver cómo te atas a un hombre que nunca fue tuyo de verdad? Paul siempre buscó una posición. Tú le diste la entrada. Yo le di el acceso real.

Paul permaneció mudo en su crueldad. La miró con lujuria insatisfecha, los brazos ceñidos a la cintura de la traidora, sellando el fin de un contrato matrimonial en un silencio que olía a jazmín y tabaco. No hubo disculpa ni súplica. Solo el silencio ensordecedor de un amor evaporado, dejando a Leonela sola en el umbral de su propio infierno mientras el mundo —su mundo— se desmoronaba en ruinas perfumadas de rosas y mentiras.

De vuelta en el presente, los ojos de Leonela se llenaron de fuego cuando Cassandra miró con desprecio el anillo en su dedo, se lo quitó y lo arrojó al fondo de la piscina.

Leonela se quedó paralizada. El rostro se le desencajó. Precisamente, el día de su boda, Paul, no solo la traicionó con Cassandra; además le arrebató de su dedo el anillo de su abuela y se lo dió a Cassandra, el último recuerdo de su madre, el vínculo de su amor, el legado de su familia.

—Ese anillo fue de mi abuela. ¿No te bastó con quitarme a mi novio? ¿Ni siquiera te dió vergüenza recibirlo? —gritó. 

La voz le temblaba de rabia.

Cassandra, con una risa cruel, dio un paso hacia ella.

—Vergüenza debería darte a ti, haciendo este teatrito. Ese anillo es una baratija y aún así vale más que tu propia vida. Ahí está ve por él.

Y, en un arranque de furia, la empujó con fuerza hacia la piscina que adornaba el jardín. Leonela, desprevenida, trastabilló y cayó al agua. El vestido amarillo se empapó al instante. Pero no cayó sola; con un movimiento desesperado, jaló a Cassandra por el brazo y la arrastró con ella. El agua fría y despiadada las envolvió a ambas.

Leonela se debatía en el vital líquido. El pánico se apoderó de ella. No sabía nadar. El agua le llenaba la boca; el vestido se le enredaba en las piernas. Los murmullos de los invitados se convirtieron en un rugido lejano. De pronto, un chapoteo resonó y unos brazos fuertes la rodearon, levantándola hacia la superficie. Era Enrique, que, sin pensarlo, se había lanzado al agua. Ahora flotaba a su lado. La camisa blanca, empapada, se le pegaba al cuerpo, pero los ojos claros permanecían fijos en Leonela, llenos de determinación. La sacó a la orilla, asegurándose de que estuviera a salvo.

La bajó con cuidado. No soltó su mano, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela, y la ayudó a sentarse en un cómodo camastro.

Cassandra, por su parte, nadaba con dificultad hacia la orilla opuesta, sola. Paul, de pie junto a la piscina, la miraba moviendo brazos como poeta fracasado. Ni siquiera fingió intentarlo.

—¡Mi traje es de diseñador, Cassandra! ¡El cloro lo arruinaría! —dijo, sin hacer el menor esfuerzo por ayudarla.

Cassandra, furiosa, salió del agua. El vestido chorreaba; el maquillaje le corría como una máscara rota.

Enrique se inclinó hacia Leonela. La voz le salió suave pero firme.

—¿Estás bien, amor? —preguntó, manteniendo el juego, pero con una calidez que la hizo estremecerse.

Le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Los ojos claros le brillaban con una mezcla de preocupación y complicidad. Ella asintió débilmente, aún temblando, pero con una chispa de gratitud en la mirada.

—Gracias, Enrique —murmuró. 

La voz le salió entrecortada por el agua y la adrenalina.

En el interior del salón, que momentos antes vibraba con la tensión del enfrentamiento, ahora era un caos de murmullos y miradas indiscretas. Los invitados, con las copas en la mano, observaban la escena como si fuera un espectáculo teatral: algunos con sorna, otros con curiosidad. Cassandra, empapada y humillada, se alejaba de Paul, quien seguía quejándose de que su traje se arruinaría si la ayudaba a salir del agua, mientras la música retomaba su ritmo como si nada hubiera pasado.

El agua de la piscina era fría, pero no tanto como la certeza que se instaló en el pecho de Leonela cuando emergió entre los brazos de Enrique: había vuelto a ser el centro de atención. Otra vez.

Leonela, con el cabello pegado al rostro y el vestido arruinado, se puso de pie con la ayuda de Enrique. Su mano seguía firme en la de ella, y por un instante el bullicio se desvaneció. Había algo en su mirada, una promesa tácita que no necesitaba palabras.

—Vamos a secarte —dijo él, con esa calma magnética que la había atrapado desde el principio—. Ya dimos bastante de qué hablar.

Leonela sonrió. Una chispa de rebeldía volvió a sus ojos.

—Oh, créeme, esto apenas empieza —respondió, apretando su mano.

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