El salón del hotel, bañado en la luz dorada del ocaso, era un santuario de mármol donde las promesas rotas y las verdades a medio desenterrar colgaban en el aire como polvo suspendido. Leonela, junto a Enrique, sentía el anillo como una armadura oxidada, un recordatorio de la fragilidad y la fuerza del amor. Frente a ellos, Ricardo y Elena los observaban expectantes. En un rincón, Cassandra y Paul destilaban veneno con cada gesto, sus rostros tensos como cuerdas al borde del quiebre.
—Expliquenm