—¡Todo se fue al demonio desde que tú apareciste! —gritó Alice, pataleando y agitando los brazos—. ¡Me arruinaste la vida y te juro que vas a pagar! ¡Si yo no puedo ser feliz, entonces tú tampoco!
—¡Es suficiente! ¡Se acabó! —espetó Colton.
Alice se derrumbó en llanto. Su cuerpo temblaba por los sollozos mientras dejaba de luchar contra su agarre.
Él la soltó, pero permaneció alerta, observando cada uno de sus movimientos. No pasó mucho tiempo antes de que ella diera la vuelta.
—¿Por qué hici