Colgué el teléfono con una sonrisa forzada, fingiendo normalidad, pero mis manos temblaban sobre mi regazo. Marco no apartaba los ojos de la carretera, pero lo sentí, esa forma en que me miraba de reojo, evaluando, midiendo cada movimiento mío.
—Estás muy tensa —dijo al fin, su voz grave y calmada, pero con un filo oculto—. ¿Te pasa algo?
Mi corazón martillaba contra mis costillas. Si decía lo que sabía, estaría perdida. Si lo negaba, tal vez podría ganar tiempo. Respiré hondo, obligando a mis