El silencio dentro del auto era extraño, casi irreal. El motor rugía bajo mis pies, y el parpadeo intermitente de las luces de la ciudad me mantenía atrapada en un vaivén de pensamientos oscuros. Marco manejaba con una calma inquietante, sus manos firmes en el volante, como si nada pudiera perturbarlo. Yo, en cambio, sentía que cada segundo mi pecho se comprimía un poco más.
El zumbido del celular en mi bolsillo me hizo dar un respingo. Lo saqué con disimulo, como si se tratara de un gesto casu