Me arrastraron como si fuera un saco vacío, aunque cada fibra de mi cuerpo quería resistirse. No lo hice. No por cobardía, sino por instinto. Cada movimiento brusco podía poner en riesgo a la pequeña que crecía en mi vientre, y eso era lo único que me importaba en ese instante: protegerla, aún si debía tragarme el orgullo y dejar que aquel sirviente de Bianca me arrastrara como a una prisionera.
El pasillo olía a humedad y a encierro, como si las paredes mismas estuvieran impregnadas de maldad.