La habitación del hospital estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz azulada de los monitores que parpadeaban junto a mi cama. Clara se había quedado conmigo todo el día, aferrada a mi mano como si temiera que pudiera volver a desmayarme. Pero yo la convencí de que se fuera, de que descansara en su casa y regresara por la mañana. Me costó lágrimas y sonrisas forzadas, pero al final cedió, dándome un beso en la frente antes de marcharse.
El silencio se hizo pesado. El hospital, de noche,