La penumbra de la habitación me envolvía como un sudario, y cada respiración mía parecía rebotar en las paredes silenciosas del hospital. Matteo estaba frente a mí, su sombra alargada proyectada sobre la pared, una figura que parecía salida de mis peores pesadillas. Lo había jurado: no iba a dejar que me destruyera de nuevo, no mientras mi hija latía bajo mis manos.
Entonces lo vi hacerlo. Con calma, como quien prepara un ritual, sacó del bolsillo interior de su bata una jeringa cargada con un