La llamada de Adriano no me dejaba en paz. Sus palabras eran como serpientes en mi cabeza, siseando en cada rincón de mis pensamientos. “No digas que no te advertí”, me había dicho, con esa voz que siempre parecía esconder veneno. Esa amenaza no era hueca, lo sabía en lo más profundo de mi ser. Adriano era capaz de todo, y aunque Luca intentaba mostrarse implacable, nadie podía controlar cada grieta de este mundo en guerra.
Esa noche, mientras Luca terminaba de revisar documentos en su despacho