El amanecer llegó sin que yo pegara un ojo. La mansión entera se sentía como una trampa de acero, fría y sofocante, y el silencio que reinaba solo era roto por los pasos de los hombres de Luca, siempre armados, siempre atentos. Afuera, la quietud que sigue a las tormentas, se filtraba por cada agujero donde las balas de la noche anterior habían entrado. Los muros agujereados eran cicatrices de lo que sucedió. Eso no tardaría nada en repararse, pero el recuerdo seguiría. Este ataque dejó más her