Los jardines de la mansión eran un mundo aparte. Nada que ver con el hierro, las paredes y el mármol helado que dominaban el interior. Afuera, los senderos de piedra se abrían paso entre rosales rojos y magnolias perfumadas. Las fuentes dejaban escapar un murmullo sereno, como si alguien hubiese intentado disfrazar con belleza lo que realmente era una fortaleza enjaulada.
Salí con la intención de tomar algo de aire fresco en soledad, como hacía de vez en cuando, pero me topé con Adriano mientas