Los jardines de la mansión eran un mundo aparte. Nada que ver con el hierro, las paredes y el mármol helado que dominaban el interior. Afuera, los senderos de piedra se abrían paso entre rosales rojos y magnolias perfumadas. Las fuentes dejaban escapar un murmullo sereno, como si alguien hubiese intentado disfrazar con belleza lo que realmente era una fortaleza enjaulada.
Salí con la intención de tomar algo de aire fresco en soledad, como hacía de vez en cuando, pero me topé con Adriano mientas salía. Él se ofreció a acompañarme y no me negué, por cortesía y porque me venía bien la compañía.
Caminaba junto a Adriano, intentando que el aire fresco me despejara la mente. Había algo en su compañía que me hacía bajar la guardia. Tal vez su tono ligero, la forma en que contaba anécdotas sin un rastro de doble filo, o esa sonrisa que parecía existir sin segundas intenciones.
—¿Sabías que Luca tenía pánico a los caballos cuando éramos niños? —comentó con una risa baja, recordando—. Decía qu