46: El Intruso

El eco de aquella conversación tras la puerta no me soltaba. Aun después de dormir unas horas, el veneno verdadero no estaba en la copa de vino que Bianca me tendió con esa sonrisa fingida, sino en el recuerdo de esas palabras que creí escuchar, medias frases que sonaban a complicidad, a algo que Luca había jurado no tener con ella. Su voz, grave, se mezclaba con la de Bianca en mi memoria, y aunque no podía repetir con exactitud lo que dijeron, la sensación de mentira me quemaba por dentro.

Me pasé el tiempo con un peso en el pecho, y durante todo el día mis ojos se negaban a encontrar los de Luca. No podía soportar su mirada inquisitiva, como si me desnudara, como si supiera en qué pensaba. Y sin embargo, su sola presencia me tensaba de una forma que ni yo misma entendía.

El silencio de la casa se rompió a media tarde, cuando los portones de hierro se abrieron y un automóvil elegante atravesó el camino de grava. Desde el balcón vi descender a un hombre joven, alto, de cabello oscuro
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