El eco de aquella conversación tras la puerta no me soltaba. Aun después de dormir unas horas, el veneno verdadero no estaba en la copa de vino que Bianca me tendió con esa sonrisa fingida, sino en el recuerdo de esas palabras que creí escuchar, medias frases que sonaban a complicidad, a algo que Luca había jurado no tener con ella. Su voz, grave, se mezclaba con la de Bianca en mi memoria, y aunque no podía repetir con exactitud lo que dijeron, la sensación de mentira me quemaba por dentro.
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