Siempre había sabido que en la mansión había lugares donde no debía poner un pie. No hacía falta que me lo recordaran; la atmósfera misma lo gritaba. Pero había una puerta en particular que me obsesionaba. Estaba al final del pasillo más silencioso, lejos de las habitaciones principales. Una puerta oscura, siempre cerrada con llave, sin sirvientes cerca, como si aquel pedazo de la casa hubiera sido arrancado del mapa.
Luca me lo había prohibido apenas llegué a la mansión, con una seriedad helada. "Nunca te acerques ahí, Aria", me había advertido, y la intensidad en su voz me había helado. Justo esa prohibición fue lo que se convirtió en una espina dentro de mí, clavándose más hondo cada día.
Aquella noche, la curiosidad pudo más que la razón. Me deslicé entre pasillos desiertos, con pasos medidos, conteniendo la respiración como si la casa misma pudiera delatarme. Cuando toqué el pomo de la puerta, descubrí que estaba apenas entornado, como si alguien hubiera olvidado cerrarlo del t