El mundo se redujo a esa sonrisa. A la curva imperfecta y genuina de sus labios, a la luz suave que iluminaba sus ojos ámbar, borrando por un instante al estratega, al Santo, al hombre de hielo. Solo quedaba un hombre herido, hermoso de una manera que dolía mirar, y una sonrisa que prometía una calidez que yo nunca había sabido que necesitaba.
Sin pensarlo, como si una marea interna me arrastrara, me incliné hacia él. El espacio entre nuestros rostros se redujo a centímetros. Podía sentir el ca