La villa italiana no era un simple escondite. Al parecer Ruggero en su época lo usó como su lugar de residencia.
Una estructura de piedra antigua y orgullosa, encaramada en una colina como un buitre sobre su presa. Los altos muros no intentaban mimetizarse; desafiaban. Y a medida que nuestro convoy se acercaba por el camino sinuoso, pude verlo: la eficiencia mortífera con la que Ruggero había fortificado su nido para la llegada. Guardias en torretas improvisadas, cámaras de vigilancia barriendo