El mundo se había reducido a la pantalla del teléfono de Ruggero. A las sonrisas de mis padres, congeladas en un jardín que ya no era seguro. La certeza que había sido mi armadura se resquebrajó con el sonido de mi corazón golpeando mis costillas. Porque esa foto podía significar muchas cosas, y ninguna buena.
—No es posible —logré articular, pero mis palabras sonaron huecas, la negación desesperada de una náufraga—. Mientes. Luca tiene hombres protegiéndolos. Hombres leales.
La sonrisa de Rug