La noche no había sido un descanso, sino una larga y fría agonía. Me quedé acurrucada en el suelo, junto al cráter que mi desesperación había dejado en la madera pulida, mirando cómo las sombras bailaban y se retorcían, presagiando la tormenta que el amanecer traería consigo. Cada latido de mi corazón era un redoble fúnebre. Sabía que Luca vendría. Lo sentía en el aire, en el silencio demasiado alerta de la villa, en el propio dolor de mis huesos que anhelaban los suyos.
Con los primeros jirone