El tiempo en la celda ya no se medía en horas o días, sino en latidos. En la llegada y partida de Enzo. Él era mi único vínculo con el mundo exterior, mi carcelero y, aunque él no lo supiera aún, mi proyecto más crucial. La semilla de la duda que había plantado no solo había germinado; estaba floreciendo en una enredadera venenosa que trepaba por su conciencia, ahogando el odio ciego que Ruggero le había inculcado.
Lo veía en sus ojos cada vez que entraba. Ya no era solo el resentimiento por lo