La lluvia seguía cayendo, persistente, monótona, como un reloj que no quería detenerse. Afuera, los relámpagos desgarraban la oscuridad con su luz blanca y efímera, y el trueno que seguía después retumbaba en las paredes de la mansión como un lamento lejano. Adentro, el fuego de la chimenea de la habitación apenas lograba vencer el frío que se filtraba en el aire.
Luca seguía de pie junto a la ventana, con la camisa desabotonada hasta el pecho, la mirada fija en el cielo gris. El reflejo de los