Nunca pensé que volvería a sentirme así: prisionera, observada, juzgada sin siquiera abrir la boca. La sala de interrogatorios era pequeña, con paredes grises que parecían cerrar sobre mí, sofocándome más que el aire cargado que se respiraba allí dentro. Tenía a Valentina en brazos, mi pequeña tan frágil, ajena al infierno que me rodeaba. Dormía con sus labios entreabiertos, su respiración pausada, mientras yo sentía que el mundo entero intentaba arrancármela de las manos.
Luca dijo que estaría