—Puedes pedirle eso a la asistente que te asigné.
Ámbar lo tomó en silencio, con un leve asentimiento. Su mirada era vacía, su piel pálida. Diógenes la observar unos segundos, como si quisiera decirle tantas cosas, pero se contuvo. Finalmente, suspir, dio media vuelta y salió, dejando el suave aroma de su colonia y su café favorito flotando en el aire.
Ella toma el vaso y lo prueba.
¿Cómo sabía él, cuál era su sabor favorito?
Horas más tarde, Matteo llegó a su oficina. Ella aún estaba sentada en el mismo lugar, leyendo correos sin realmente concentración. Él cerró la puerta tras de sí y caminó hacia ella, con sus zapatos italianos resonando suaves sobre el piso de mármol. Llevaba un traje azul oscuro, sin corbata, y su cabello castaño estaba perfectamente peinado hacia atrás.
—Ciao, amore… —susurró con ternura, inclinándose a besar su frente.
Ella levantó la mirada y se sintió débilmente.
—Buenos días, Matteo.
Matteo la vigila con cuidado, notando el brillo ausente en sus ojos. Se sen