—Debo reconquistarla. Debo mantenerla a mi lado. Debo hacer que regrese conmigo.
El regreso a la villa fue silencioso para Diógenes. Caminó por los pasillos, su mente repasando cada segundo que había pasado observando a Ámbar y Matteo entre los viñedos. No había duda: ella lloraba, y aunque no sabía la razón exacta, su corazón le gritaba que no era por felicidad.
En la tarde, cuando Ámbar se dirigió a la piscina, Matteo a su lado, Diógenes decidió esperar. Cada movimiento de ella estaba tan lleno de tensión que podía sentirlo desde donde estaba observando. Matteo no la soltaba, ni un instante, y la controlaba con una mezcla de cariño y posesión que le provocaba un nudo en la garganta.
Finalmente, sonó el teléfono de Matteo: un llamado desde América por un trato crucial. Sin perder tiempo, Matteo se retiró a su despacho, dejando a Ámbar sola por primera vez en horas.
—Es ahora o nunca.
Diógenes aprovechó el momento y se acercó. Sus pasos eran cautelosos, pero cada músculo de su cuerpo