La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Ámbar temblaba, con el cepillo aún en la mano, mirándolo como si hubiera visto un fantasma.
—Vete a la mierda, Diógenes… —susurró con voz temblorosa—. No tienes derecho a estar aquí.
Él avanzó un paso más, y su sombra la cubrió entera.
—No voy a irme hasta que me lo digas a la cara.
—Decirte qué? —tragó saliva, retrocediendo hasta casi rozar el borde de la cama.
Diógenes la miró fija, con los ojos encendidos de rabia y dolor.
—Que no