La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Ámbar temblaba, con el cepillo aún en la mano, mirándolo como si hubiera visto un fantasma.
—Vete a la mierda, Diógenes… —susurró con voz temblorosa—. No tienes derecho a estar aquí.
Él avanzó un paso más, y su sombra la cubrió entera.
—No voy a irme hasta que me lo digas a la cara.
—Decirte qué? —tragó saliva, retrocediendo hasta casi rozar el borde de la cama.
Diógenes la miró fija, con los ojos encendidos de rabia y dolor.
—Que no estás embarazada. Dimelo. Repítelo mirándome a los ojos. ¿Podrás ocultarlo de mi para siempre?
—¡No lo estoy! —replicó con brusquedad, aunque la voz le salió quebrada—¡Te largas de mi habitación o voy a gritar!
Él negó espacio con la cabeza, acercándose más.
—Mírame, Ámbar. No me apartes la mirada. ¿Vas a mentirme así, descaradamente? ¿Vas a entregarle mi hijo a otro hombre?
—¡Ya basta con esa porquería! ¡Cierra esa maldita boca y lárgate de mi vista!—intentó girarse, pero él le tomó suavemente