La villa amanecía con su calma habitual: olor a pan recién hecho, voces suaves de las sirvientas moviéndose de un lado a otro, los dueños de la villa preparándose para ir a sus empresas y el sonido lejano de las olas golpeando contra las rocas. Diógenes llevaba días en la casa, observando, calculando, mordiéndose la lengua cada vez que veía a Matteo presumiendo a Ámbar frente a todos como si ya fuera suya.
Pero había algo que no le cuadraba.
Cada mañana, durante el desayuno familiar, Ámbar se ausentaba unos minutos con la excusa de que “no tenía hambre” o regresaba con el rostro pálido, los labios apretados y la mirada esquiva. Matteo, muy sutil, le servía él mismo un vaso de agua con limón o pedía que le llevaran té de jengibre. Siempre parecía anticiparse a sus malestares.
Al principio Diógenes creía que solo era estrés o la incomodidad de tenerlo cerca ahora que sabía que supuestamente había recuperado la memoria.
Esa mañana, Diógenes bajó más temprano que los demás. Camin hasta la