La villa amanecía con su calma habitual: olor a pan recién hecho, voces suaves de las sirvientas moviéndose de un lado a otro, los dueños de la villa preparándose para ir a sus empresas y el sonido lejano de las olas golpeando contra las rocas. Diógenes llevaba días en la casa, observando, calculando, mordiéndose la lengua cada vez que veía a Matteo presumiendo a Ámbar frente a todos como si ya fuera suya.
Pero había algo que no le cuadraba.
Cada mañana, durante el desayuno familiar, Ámbar se a