Cuando llegaron a la villa, ya era de mañana. El cielo estaba despejado y un aire frío y fresco se colaba entre los olivos. La mansión Ferrari estaba igual que como la recordaba: majestuosa, blanca, con balcones llenos de geranios rojos y un camino de piedra que llevaba hasta las escaleras principales.
—Mamma y papá deben estar desayunando —le dijo Zoe mientras entraban. Un olor a pan recién horneado y café lo envolvió al instante. Sintió el estómago rugirle de hambre.
Los padres de Matteo lo recibieron con afecto, con besos en cada mejilla y abrazos cálidos.
—Diógenes, figlio mio, es un placer verte después de tanto tiempo —dijo la madre de Zoe.
—Gracias, signora —dijo él con respeto, inclinándose para besarle la mano—. Ha pasado demasiado tiempo.
—Ven, siéntate a desayunar con nosotros —ordenó el padre de Matteo con una voz grave y dominante.
Estaba a punto de sentarse cuando una risa cristalina llenó el vestíbulo.
Volteó y vio a Matteo bajando las escaleras, tomada de la mano de Ám