Ese día por la noche, Ámbar llegó agotada a la mansión después de un día largo en la oficina. Había sido una jornada de reuniones, firmas de contratos y miradas furtivas con Matteo que la desgastaban. Subió las escaleras en silencio, se quitó los tacones apenas cerró la puerta de su habitación y se dirigió directamente al baño.
El agua caliente comenzó a correr en la ducha. Se dejó envolver por el vapor, dejando que la presión del agua arrastrara parte de sus pensamientos… pero no lograba sacar de su mente aquel reloj, ni el peso insoportable de la verdad.
Mientras tanto, Diógenes subía las escaleras con paso seguro, aunque el corazón le latía con violencia. Necesitaba verla. Hablarle. Decírle lo que ni en sueños había podido gritar. Empujó la puerta entreabierta y entró sin anunciarse.
La habitación estaba iluminada por la lámpara de noche. El sonido del agua de la ducha le indica dónde estaba ella. Se acomodó en la cama, buscando paciencia, pero sus ojos se desviaron al cajón de la