La habitación de huéspedes olía a lavanda fresca. Las sábanas perfectamente dobladas, el ventanal abierto dejando entrar la brisa marina y una jarra de agua con rodajas de limón sobre la mesita daban la sensación de que todo estaba preparado para alguien parte de la familia.
—Aquí te quedarás, Diógenes —dijo Zoe, sentándose sobre la cómoda y apoyándo con gracia el pie en la cama—. Es la mejor habitación después de la de Matteo, claro. Pero tranquilo, no se lo digas a Zara, que ella jura que la suya es la mejor.
Él sonoro, cansado pero agradecido.
—Gracias, Zoé. Has sido muy atenta conmigo.
—Lo sé —respondió con picardía, quitándose las lentes Prada y dejándolos colgando de la blusa—. Soy la más simpática de la familia, ya lo verás. Siéntete como en casa. Avisame si quieres ir a algún lado. Igual no tengo mucho que hacer.
—De.
Le guiñó un ojo y salió casi bailando, dejándolo solo.
Diógenes dejó su maleta a un lado, suspiró y fue directo a la ducha. El agua fría le despejó la cabeza, au