La habitación de huéspedes olía a lavanda fresca. Las sábanas perfectamente dobladas, el ventanal abierto dejando entrar la brisa marina y una jarra de agua con rodajas de limón sobre la mesita daban la sensación de que todo estaba preparado para alguien parte de la familia.
—Aquí te quedarás, Diógenes —dijo Zoe, sentándose sobre la cómoda y apoyándo con gracia el pie en la cama—. Es la mejor habitación después de la de Matteo, claro. Pero tranquilo, no se lo digas a Zara, que ella jura que la