La mansión Castillo

—Me lleva el mismísimo demonio.

El silencio que quedó después del portazo de Matteo en aquel bar pesaba más que cualquier palabra no dicha. Diógenes permaneció allí, sentado, con el labio roto ardiéndole y un sabor metálico en la boca. La sangre aún corría despacio, tibia, mientras el eco del golpe retumbaba en su mandíbula. Podría haber levantado, perseguirlo, gritarle que no tenía derecho a reclamar a Ámbar como si fuera un trofeo… pero no lo hizo. Se quedó quieto, con los codos sobre la barra y los puños apretados, luchando contra el rugido de su propia rabia.

—Tome señor—el cantinero le ofrece un papel toalla para la herida.

—Gracias. Ponga todo en mi cuenta, añada una propina por el desorden.

El recuerdo de Ámbar en la isla lo atravesaba como una herida abierta: su risa bañándose en la cascada, el calor de su piel contra la suya en las noches interminables, el temblor de sus labios cuando lo llamaba por su nombre. Matteo podía decir lo que quisiera: que era dinero, que era ambici
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