La mansión Castillo

—Me lleva el mismísimo demonio.

El silencio que quedó después del portazo de Matteo en aquel bar pesaba más que cualquier palabra no dicha. Diógenes permaneció allí, sentado, con el labio roto ardiéndole y un sabor metálico en la boca. La sangre aún corría despacio, tibia, mientras el eco del golpe retumbaba en su mandíbula. Podría haber levantado, perseguirlo, gritarle que no tenía derecho a reclamar a Ámbar como si fuera un trofeo… pero no lo hizo. Se quedó quieto, con los codos sobre la barr
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