El viaje de regreso a América fue largo, silencioso para Diógenes. Regresar a la rutina implicaba más trabajo y menos tiempo para pasar con ámbar. Sus sospechas no lo dejarían en paz. Cada gesto de Ámbar, cada palidez arrepentida, cada taza de té que Matteo se apresuraba a poner en sus manos le confirmaban lo que Caterina había insinuado.
Matteo llevaba sus maletas y encima la llevaba agarrada de la mano como si fuera una niña o una enferma muy delicada.
En el avión privado, buscó a Zoe que quiso acompañar a su hermano a América, intentando arrancar alguna verdad. Quería ver si le sacaba algo de información.
—Zoe —le dijo mientras ella hojeaba una revista de moda, con sus uñas rojas brillando bajo la luz—. Dime una cosa… ¿Ámbar está embarazada?
Ella levantó lentamente la mirada, arqueando sus cejas finas.
—¿Por qué preguntas eso, Diógenes? —respondió con un tono juguetón, aunque sus ojos destilaban cautela.
—Porque no soy ciego. La vi indispuesta todos los días. No quiero que me mient