Matteo sacudió esos pensamientos.
No. Ámbar jamás lo engañaría. (o eso asegura) La conocía, la amaba. Sabía que su corazón… su corazón siempre había pertenecido a Diógenes, sí, pero también sabía que ella jamás haría algo así.
¡Qué dilema, ¿no?
Si alguien era culpable, era Diógenes. Él… él era capaz de aprovechar su fragilidad, su dolor a pesar de no tener memoria. Un hombre siempre será y actuará como hombre, antes que amigo (eso decía mi abuela).
Matteo tragó saliva y sonriendo forzadamente.
—Gracias, señora Viviana —dijo con cortesía helada.
Viviana extremadamente satisfecha, inclinó la cabeza y salió del salón, dejando un aroma de perfume caro y el maldito veneno flotando en el aire.
Matteo se quedó mirando a Ámbar. Ella no se atrevía a mirarlo a los ojos. Se sintió asquerosa. Quiso confesarle, suplicarle que la odiara para siempre. Pero no pudo.
Él se levantó y besó su frente.
—Voy a dar una vuelta con Diógenes hoy… —dijo suavemente—. Lo llevaré a la empresa. Luego tomaremos unos