El eco de los tacones en el mármol no parecía desentonar con la sobria elegancia del edificio Lancaster. La mujer caminaba con la seguridad de quien conoce perfectamente el poder de su presencia. El blazer color marfil abrazaba su figura con precisión quirúrgica. Nada estaba fuera de lugar: ni el moño bajo perfectamente hecho, ni la blusa blanca que insinuaba más de lo que mostraba, ni el sutil carmín que adornaba sus labios.
La recepcionista la miró de reojo, como se mira a una amenaza velada.