Marcel apretaba los puños con tanta fuerza que sus nudillos parecían querer romperse. La noticia había caído sobre él como un balde de agua helada. Su esposa… Tatiana. Muerta. No en un accidente, no por enfermedad, sino asesinada cruelmente por las manos de los Lancaster.
La rabia y el dolor se mezclaban en un torbellino insoportable dentro de su pecho. El aire se le escapaba de los pulmones como si hubiera recibido un golpe directo en el estómago. Se llevó ambas manos a la cara, queriendo esco