El sol de domingo parecía más amable que otros días. El cielo estaba despejado, y una ligera brisa agitaba las copas de los árboles con dulzura. Hellen se miró en el espejo una vez más, alisando con nerviosismo los pliegues de su blusa. No sabía si era por la visita a sus padres o porque Nicolás había insistido en acompañarla.
—¿Segura que quieres venir? —preguntó, tomando su bolso.
Nicolás ya la esperaba en la puerta, bien vestido, sin rastros de prisa, pero sí con una tensión en la mirada que