Hellen estaba sentada en el sofá, con una sonrisa tranquila en el rostro, mientras observaba a los pequeños revoltosos que apenas habían empezado a caminar. Sus pasitos torpes y cortos retumbaban sobre el suelo del jardín, arrancando carcajadas que llenaban de vida la casa. El aire fresco de la mañana agitaba suavemente las cortinas y dejaba entrar el aroma de las flores, convirtiendo el ambiente en un remanso de paz.
Cecilia, siempre atenta, cuidaba de Nicolás en su ausencia, lo que le daba a