La mañana estaba vestida con una brisa suave y un sol que no terminaba de decidir si quería calentar o esconderse. Cecilia había insistido en que necesitaban un respiro, un momento entre amigas lejos de los escándalos, los titulares venenosos y los suspiros callados de Hellen. Así que eligió el café de siempre, ese rincón elegante de la ciudad donde los capuchinos sabían a escape y los postres eran terapia en forma de azúcar.
—Pide lo que quieras, yo invito —dijo Cecilia, dejando su bolso sobre