La mañana estaba vestida con una brisa suave y un sol que no terminaba de decidir si quería calentar o esconderse. Cecilia había insistido en que necesitaban un respiro, un momento entre amigas lejos de los escándalos, los titulares venenosos y los suspiros callados de Hellen. Así que eligió el café de siempre, ese rincón elegante de la ciudad donde los capuchinos sabían a escape y los postres eran terapia en forma de azúcar.
—Pide lo que quieras, yo invito —dijo Cecilia, dejando su bolso sobre la silla con una elegancia automática, como si estuviera en una pasarela invisible.
Hellen sonrió levemente, agradeciendo el gesto. Estaba cansada. No físicamente, sino en ese nivel profundo donde se alojan las emociones no resueltas. Donde el corazón late, pero no por amor, sino por la duda.
—No es tan sencillo, Ceci —susurró después de pedir un té de jazmín—. A veces lo odio, otras veces me descubro pensándolo con ternura. Me juré no perdonar… pero lo veo, me habla, me toca y no sé si es rabi