El pasillo del hospital estaba silencioso, solo se escuchaba el eco de los pasos y el zumbido lejano de las luces fluorescentes. Pero de repente, ese silencio se convirtió en un campo de batalla.
Hellen sostenía la muñeca de Tatiana en el aire, el filo de la navaja brillando a centímetros de su rostro. El sudor resbalaba por su frente, sus brazos temblaban del esfuerzo. Podía sentir el filo cortando el aire, tan cerca que cada segundo parecía eterno.
—¿Por qué no aceptas tu error, Tatiana? —gi