El atardecer teñía de tonos dorados las calles de la ciudad, pero en la cafetería discreta donde Julio y su amiga Raquel se reunían, el ambiente era oscuro, cargado de rencor y planes encubiertos.
Raquel tamborileó los dedos sobre la mesa mientras miraba fijamente a Julio, tratando de descifrar su expresión.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó finalmente, entornando los ojos—. Ya te demostró que la prefiere a ella. A Hellen. No a ti.
Julio sonrió, pero no fue una sonrisa de tristeza ni de resignació