La mañana era tranquila en la mansión Lancaster, pero la paz fue interrumpida por el sonido firme de unos tacones resonando contra el mármol pulido.
—¡Mi reina! —exclamó Cecilia al entrar con una sonrisa enorme y una bolsa de papel repleta de periódicos—. ¡Le pagaron con la misma moneda!
Hellen apareció en la sala, descalza, con una bata de seda y una taza de té en la mano. Alzó una ceja al ver a su amiga tan eufórica.
—¿Otra vez te escapaste de la realidad o encontraste una oferta de zapatos?