Mundo ficciónIniciar sesiónEthan Fox un hombre frío, calculador, dispuesto a ser el hombre más poderoso de la industria del modelaje, un hombre acostumbrado a conseguir todo lo que se propone. Pero no cuenta, con que una mujer que rompe todos sus estereotipos, hará cambiar sus planes y su mundo: Genésis Wood, una gordita tenaz, decidida y exigente con ella misma, no permitirá que el prometido de su hermana melliza, quiera adueñarse de lo que a ella le ha costado tanto construir. Ambos se enfrentarán en una guerra por lograr sus propósitos, pero en el camino aprenderán; “Que para el amor no existe talla”.
Leer más«Para el amor no existe talla».
Eso era lo que pensaba mientras observaba la foto de mi prometido. A menos de un mes para nuestra boda, aún no podía creer que esto estuviera a punto de suceder. Yo, una chica con sobrepeso, me casaba con uno de los solteros más codiciados. Y yo, Génesis Wood, había ganado su corazón.
Me deslicé de la cama, me puse los zapatos y salí directo a mi auto. Vivía en el campus de la universidad, aunque, si hubiera querido, podría haber tenido el mejor departamento de la ciudad. Sin embargo, había una razón para no hacerlo.
Quería sentirme como una chica normal. Si la gente descubría que era hija de dos de los empresarios más importantes del mundo del modelaje, no me dejarían en paz. Chicas con falsas amistades intentarían acercarse a mí solo para conseguir una oportunidad en la revista de mi madre, y hombres ambiciosos buscarían entrar en la empresa de mi padre… o, peor aún, obtener una cita con mi hermana melliza, Dafne.
Los dueños de las empresas Wood, Matías y Samantha Wood, eran reconocidos en la industria. Mi padre, empresario y dueño de varias textileras, proveía prendas de alta calidad a importantes marcas. Mi madre, una exmodelo con su propia revista y agencia, tenía una gran influencia en el mundo de la moda. Juntos, habían formado un imperio… y eran los padres de un par de mellizas: la despampanante Dafne Wood, rubia y de cuerpo escultural, y yo, la oculta Génesis Wood. No encajaba en el estereotipo de modelo. Mientras mi hermana tenía la belleza, yo tenía la inteligencia.
Tomé mi auto y me dirigí al apartamento de mi novio. Se iba de viaje por una semana y quería sorprenderlo. Le había dicho que tenía mucho que estudiar para mis exámenes finales y que saldría tarde, pero era mentira.
Mi plan era prepararle una cena especial y despedirlo como se merecía, además de darle una noticia importante para ambos, una noticia que cambiara nuestras vidas.
Tomás era mi prometido. Lo conocí en una fiesta que mi padre organizó hace un par de años. Empezamos a salir, y al principio él no sabía quién era yo en realidad. Después de un año, le conté la verdad. No le importó. Nos hicimos novios y, pocos meses después, nos comprometimos. Al regresar de este viaje, comenzaríamos con los preparativos de la boda.
Cuando llegué a su apartamento y metí la llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Me pareció extraño. Se suponía que Tomás no estaba en casa. Un escalofrío recorrió mi espalda ante la idea de que un ladrón pudiera haber entrado.
Miré a mi alrededor, buscando algo con qué defenderme en caso de que apareciera alguien desconocido. No encontré nada útil, así que me quité uno de mis zapatos.
Escuché ruidos provenientes de la habitación de mi novio. Caminé con cautela hasta la puerta y la empujé lentamente. Mi corazón latía con fuerza. La cama estaba desordenada. En el suelo, los zapatos, el pantalón y la camisa de Tomás.
Me puse de nuevo el zapato y recorrí la habitación. Algo no estaba bien.
Al rodear la cama, mi sorpresa fue aún mayor: un sostén.
Un dolor punzante atravesó mi pecho. Solo imaginar lo que había ocurrido en esa cama me revolvía el estómago.
De pronto, escuché gemidos provenientes del baño.
Mi respiración se aceleró. Caminé hacia la puerta, tratando de prepararme para lo peor. Pero, al dar un par de pasos, vi algo que me heló la sangre: un vestido en el suelo.
No era cualquier vestido.
Sabía exactamente a quién pertenecía.
—¡Tomás! —una voz femenina pronunció su nombre entre risas y jadeos.
Aún con el corazón destrozado, avancé hasta el baño. Ya sabía lo que encontraría tras esa puerta… pero necesitaba verlo con mis propios ojos. Aunque eso significara que mi corazón dejara de latir.
Abrí la puerta de vidrio de la regadera.
Y ahí estaban.
Mi novio. Mi prometido.
Desnudo.
Con mi hermana.
Tomás me miró con sorpresa. Dafne, en cambio, me observó con superioridad y una burla en los labios.
—¡Génesis! Pero… ¿qué haces aquí? —balbuceó Tomás, separándose de ella y acercándose a mí.
Sentí cómo las lágrimas inundaban mis ojos.
—¡Púdrete! —grité con la voz rota antes de dar media vuelta y salir de esa habitación.
—¡Génesis! ¡Génesis! —escuché a Tomás llamarme, pero ni loca me detendría.
Tomé el ascensor y presioné botones sin siquiera pensar. Mi corazón latía con fuerza, mi respiración era errática y sentía un nudo en el estómago.
Quería vomitar.
No podía borrar de mi mente la imagen de ellos juntos.
Me dolía.
Era como un disparo directo al pecho. Como una puñalada por la espalda.
No me importaba si Tomás me engañaba. Sí lo hacía con una cualquiera de la oficina o con una vecina.
¡Pero con mi hermana!
¡La persona que más me odiaba en este mundo!
Cuando pensé que Tomás era lo único bueno en mi vida… el primer hombre que me había elegido a mí y no a Dafne… cuando creí que me casaría con alguien que me amaba de verdad…
Ella.
Como siempre.
Se interpuso y destruyó mis sueños.
Dafne Wood.
Una arpía.
La odiaba.
Salí del edificio sin un rumbo claro. Solo quería alejarme de allí. Caminé a paso apresurado y crucé la carretera sin siquiera mirar a los lados.
Lo último que recuerdo es un auto rojo viniendo directo hacia mí.
Deivyd—Ashley, ya puedo sentarme solo.—No puedes.—Llevo sentándome solo durante treinta años.—Y llevas pocas semanas con dos agujeros en el pecho, así que hoy te sientas con ayuda. No discutas.No discutí. Porque discutir con Ashley Fox era como discutir con la gravedad: técnicamente podías intentarlo, pero la gravedad siempre ganaba.—Pero, van dos meses. —Para mí fue solo hace dos días. Me acomodó en el sillón con la precisión de una enfermera que ha visto demasiados tutoriales de YouTube sobre cuidado postoperatorio. Me puso un cojín en la espalda, otro detrás de la cabeza y un tercero debajo del brazo izquierdo, que era el lado donde la bala me perforó el pulmón y que todavía me dolía cada vez que respiraba demasiado profundo.—¿Estás cómodo? —me preguntó—Estoy enterrado en cojines. No puedo moverme. Es como estar en un ataúd mullido.—Perfecto. Así no te mueves y no te haces daño.Se sentó a mi lado. Me tomó la cara con ambas manos. Y me besó. Despacio. Con esa ternura que
DeivydLo primero que escuché fueron los pitidos.Constantes. Rítmicos. Mi corazón traducido a sonido por una máquina que hacía el trabajo de recordarme que seguía vivo.Lo segundo que sentí fue el dolor. El pecho me ardía. Respirar era una negociación entre mis pulmones y algo que los aplastaba desde dentro.Lo tercero que vi, cuando logré abrir los ojos, fue la cara de Ashley.Estaba sentada en una silla junto a mi cama. Con el pelo recogido en un moño improvisado, sin maquillaje, con una camiseta arrugada. Tenía mi mano entre las suyas y la cabeza recostada contra el colchón, dormitandoMoví los dedos dentro de su mano. Un movimiento pequeño. Lo máximo que mi cuerpo me permitía.Ashley abrió los ojos. Me miró.—Amor —susurró—. Estás despierto. Estás despierto.Se inclinó sobre mí y me abrazó. Con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Sentí sus lágrimas calientes en mi cuello y su cuerpo temblando contra el mío y el olor de su pelo que era lo más reconfortante que había sentid
Me quedé dormida un rato, fue por mi madre porque yo no podía conciliar el sueño, ella se quedó conmigo hasta que cerré mis ojos.Me desperté alarmada y me di cuenta de que estaba en la suite. —Estamos en el hotel hija. —mi madre trató de calmarme.La puerta se abrió. Ethan estaba en el umbral, con ropa limpia y el pelo mojado.—Mamá, ¿puedes dejarnos solos un momento?Ella me apretó la mano una última vez, se levantó y salió cerrando la puerta. Ethan se sentó en la cama. A mi lado. Mirando al frente. Con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas como hacía siempre que pensaba algo importante.—Necesito preguntarte algo —dijo.—Dime.—¿De verdad se casaron en la capilla?Una risa me brotó antes de que pudiera detenerla. Absurda, histérica, completamente inapropiada para la noche que estábamos viviendo. Pero salió igual.—Estábamos borrachísimos —le dije, limpiándome los ojos—. No recuerdo nada. Ni él tampoco. Nos despertamos en la misma cama, con resaca y un certificado de
AshleyLa máquina que monitoreaba su corazón hacía un sonido que era lo único que me mantenía con vida.Bip. Bip. Bip.Constante. Rítmico. Que no se había ido. Que las dos balas que le atravesaron el pecho no le arrancaron lo que a mí me mantenía respirando.Deivyd estaba acostado en la cama del hospital con tubos en los brazos, cables en el pecho.Había salido del quirófano hacía dos horas. El cirujano dijo que las balas no tocaron el corazón pero que una le perforó el pulmón izquierdo y la otra se alojó cerca de la columna. Lo estabilizaron. Detuvieron el sangrado. Pero seguía inconsciente y las próximas veinticuatro horas eran críticas.Críticas. Una palabra médica que significaba “puede vivir o puede morir y nosotros no controlamos cuál de las dos”.Le tomé la mano. Estaba tibia. Eso era bueno. Los muertos tienen las manos frías y la suya estaba tibia. —Estoy aquí —le susurré, apretándole los dedos que no me respondieron—. No me voy a mover. Te espero. Todo el tiempo que necesite





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