Lyra bajó las escaleras a toda prisa. Quería gritar, llorar, desahogarse, pero no pensaba darle ese gusto a Kael. Así que simplemente caminó unos metros, revisó la hora en su reloj: aún faltaba más de una hora para comenzar su turno.
Suspiró hondo y se sentó en la acera, tratando de calmarse. No sabía cuánto más podría soportar la actitud de Kael. Conocía el dolor que él cargaba, pero también era consciente de cómo se aprovechaba de su paciencia.
De pronto, el bullicio de una escuela cercana ro