Alexander mira fijamente la pantalla de su computador. El correo aún abierto. La imagen lo devora por dentro.
Isabella. Con los niños. Tres.
Los observa detenidamente. No hay duda. Sus ojos, su nariz, incluso esa pequeña arruga en el entrecejo cuando uno de los niños se ríe. Son sus hijos.
Tres. Trillizos. Cinco años.
Su mundo se detiene por unos segundos. Luego, el temblor llega sin aviso. La furia, la traición, la incredulidad. Se levanta de su silla con brusquedad, empuja el respaldo y recor