Camille camina por los pasillos de la empresa como si le pertenecieran. Había pasado años de su vida perfeccionando esa seguridad que emanaba de ella. En el mundo tan ambicioso en el que se movía, no podía permitirse andar con inseguridad, o se la tragarían los peces más gordos.
Lleva un vestido de seda entallado, los tacones resuenan con autoridad y su teléfono vibra en su mano con la confirmación que esperaba. Alexander había recibido el correo. Sonríe sintiendo que ha cumplido su objetivo. E